eehh aki una pekeña historia .........................
Era sábado, soleado para mi mala suerte, me despertaron las cortinas de mi recamara ¿abiertas? ¡quien se había atrevido a abrirlas!,
seguro mi mamá, apenas comenzaba el día y ya me encontraba pensando en mi futuro, no sólo lo que me deparaban las veintitantas horas que me restaban, si no, en verdad me preocupaba mi futuro
hasta la muerte, pues ese sería el veredicto final de mi ajetreada tarde, hasta que la muerte los separé.
Conocí a Ricardo cierto día que se me ocurrió acompañar a mi madre a sus compras mensuales; vestidos, zapatos, ropa interior, cosas femeninas que ella siempre intentaba meterme hasta por las
orejas, lástima, nunca fui la niña predilecta que ella había soñado, más bien, me convertí en el niño que mi padre siempre quiso, uno más de los diversos conflictos que los llevaron al divorcio,
sin embargo, con el paso de los años no pude dejar completamente de lado las cosas que mi madre quería enseñarme, pues me convertí en adolescente y eso me conllevó a querer verme un poco
mejor.
En fin, el día que conocí a Ricardo, mi madre me obligó a entrar en su supuesta última tienda, que según mis experiencias era la penúltima, de la penúltima, de la penúltima, de todas formas
accedí, al entrar, mi madre se encontró con una de sus amigas de su oficina, una señora algo gorda, pero ante todo bien vestida (según ella), fue cuando lo observe por primera ves, un chico de
buen ver, sentado justo al lado de la señora, que en ese momento se estaba probando unos zapatos, los cuales a mí parecer le quedaban extremadamente chicos, es decir, no es normal que se te salte
el pellejo por las orillas, pero no dije nada y me dediqué a compórtame amablemente, tal como mi madre siempre me había obligado.
Ricardo era lindo, el típico hijo de su madre, es decir, sin ofender, el estereotipo de niño bueno, tenía carisma, era deportista,
caballeroso, de los pocos que te abren la puerta, o se levantan de la mesa si tu te levantas, en pocas palabras esculpido a la antigua.
En esa época me encontraba sola, soltera de las uñas de mis pies, hasta la punta de cada uno de mis cabellos, si es que eso es posible, y claro comencé a salir con él, en realidad nunca creí que
se fuera a interesar en mí, sin embargo por alguna extraña razón ilógica en mi mente, lo hizo, era fácil convivir con él, tan simple que a veces me aburría, y él era tan perfecto que me
desesperaba, pero ¿qué hacer?, es decir ¿porqué despreciar la perfección?, pronto me acostumbré y con el tiempo las cosas se fueron dando tan repentinamente que ni me di cuenta, así fue como
llegué al punto del matrimonio.
Todos los arreglos importantes habían sido obra de mi madre y de la madre de Ricardo, eso me dejaba a mí, una participación, de cero, un pequeño beneficio que en mis circunstancias ya no podía
disfrutar, en unas cuantas horas me pondrían ese lazo invisible que te deja lejos de los posibles amores que aun no existen, pero que podrían venir. No sentía miedo, ni inseguridad, más bien
estaba llena de curiosidad, quería entender porqué las personas se casan, será que en verdad Dios todo lo ve, y que de importante es tener un papel que sólo te dice quien es tu nuevo dueño, como
cuando adoptas a un perro.
Al hacer tal metáfora comencé a darme cuenta que quizás mí juicio estaba un poco mal, no me casaba por las mismas razones que las personas a mi alrededor, o las que veía en las novelas, por lo
tanto no tenía porque casarme, bien Arlyn, me dije a mi misma, a buena hora te das cuenta.
El día transcurrió atareado, como se esperaba, me trajeron mi vestido blanco y ampón, como odiaba estos vestidos, gastar tanto dinero por algo que sólo me pondría una sola vez, era de lo más poco
funcional, fue cuando pensé en crear una fundación en pro ayuda a todos los vestidos usados que se encontraban en el fondo de un armario viejo y con olor a abuelito, alguien debía salvarlos, pero
antes tenía que sabotear mi propia boda, el asunto era, cómo.
Me daba lastima ver como tantas personas se habían empeñado en crear “mi día especial” ¿cómo decepcionarlos?, ¿cómo decirles, que siempre no?, definitivamente no tenía el valor, pero ¿y luego?,
acaso seguiría con una vida que no aguantaba ni en mi imaginación, digo, Ricardo era lindo sí, sería el esposo perfecto ok, pero con todo respeto ¡Que gueba! Mientras yo seguía con mis
problemas existenciales, el tiempo pasaba más rápido que de costumbre, todo se aceleraba, vestido, maquillaje, peinado, últimos arreglos, todo pasaba frente a mis ojos, yo quería que se
detuviera, pero no era ninguna clase de diosa o santa como para detener el tiempo, así que en ese momento sólo pensaba en la resignación.
Me encontraba en una habitación a punto de salir a la misa, ¡por Dios! Tenía tanto que no asistía a una misa real, a pesar de lo católico de mi madre, nunca pudo convencerme de su dogma
religioso, pero eso sí, estaba bautizada, tuve primera comunión y confirmación, así que era legal ante los ojos de Dios que me casara por la iglesia, pero estar a mano con Dios no era lo que me
preocupaba en ese momento, lo primero que vi, fue a un conserje, en aquel instante de desesperación le di mis pendientes a cambio de un favor, él con gusto aceptó.
Era mi última oportunidad, si el conserje me fallaba, no quedaba más que aceptar morirme de aburrimiento en unos cinco o diez años. La marcha prenupcial, clásica, no podrían cambiarla a una
balada de rock, hubiera entrado bailando en lugar de mis pasos lentos y sin ritmo, con los que logré tropezar tres o cuatro veces, fue gracias a mi padre que no me enrede con mi propio vestido y
conseguí llegar hasta el altar, vaya, el sueño de cualquier niña que vive en un cuento de hadas.
Escuché todo el discurso, algo nerviosa, estaba pensando en posibilidades alternas, que tal si huía corriendo, no, mala idea, con mi agilidad y ese vestido seguro llegaría a la mitad de la
capilla y caería rodando. El padre estaba a punto de terminar, y llegó mi momento esperado cuando el padre pronunció las palabras, -si hay alguna persona que se oponga, que hable ahora, o que
calle para siempre-.
El silencio se prolongo, fue como si se hubiera detenido el tiempo, por un instante pensé que mi conserje se había echado para atrás
en nuestro trato, cuando de pronto, no fue él, él que habló, para mi sorpresa y la de todos los invitados, fue un ella.
Era una mujer algo mayor que yo, rubia oxigenada, pero tan segura de si misma como para gritarme que el hombre con él que me casaba era de ella y de nadie más, que había estado con él desde hacia
como un año y que los dos se amaban, pero que él se casaba conmigo por compromiso ¡vaya!, pensé para mí misma, no soy la única y de pronto caí en la cuenta.
¡Que!, me la había hecho en mi cara y yo no ni siquiera lo noté, jamás habría esperado algo así, de alguien tan, como él, qué sí me moleste, claro que me enojé, tuve el beneficio de hacerme la
ofendida y salir de la iglesia a paso lento y sin que nadie me detuviera.
Se podría decir que salí bien librada, sin embargo como todo ser humano complejo y complicado, después de aquel día, me encontré en un periodo de depresión, finalmente largos años de noviazgo no
eran tan fáciles de olvidar, sí es verdad, no me quería casar, pero eso no me quitaba mi oportunidad de sufrir un rato, la libertad me dejó un trago amargo y los constantes regaños de mi madre,
mezclados con reclamos del como pude dejar ir al hombre de mi vida, me permitieron crear un nuevo proyecto para entretenerme con algo, conseguirle una vida a mi mamá.